Yo, mujer por Ava Maof

 

Publicado el 8 marzo, 2014 por 

yo, mujerHace más tiempo del que me gustaría reconocer, en una ciudad muy muy lejana, me dirigí cierta tarde hacia el salón en el que se encontraban mis padres conversando civilizadamente (tenían el curioso hábito de ser extremadamente civilizados en aquella época) y, hecha un manojo de desconcierto e indignación, los dejé flipados al gritarles la siguiente frase: “Me siento estafada. Ustedes me estafaron. Me dijeron que hombres y mujeres éramos iguales y eso no es así. Y yo no sé qué hacer con esa realidad para la que no fui preparada”.

Hace muchísimo menos tiempo, léase unas cuantas semanas, volví a dejar a mi madre patidifusa al soltarle en medio de la calle algo así como que no me considero una persona con “conciencia de género”, y que nunca he sentido que la lucha de las mujeres sea mi lucha. Lo cual estuvo muy mal explicado, de paso. Lo que quería decir, lo que sigo diciendo, es que me siento primero integrante de la raza humana, y después del género femenino. Que me interesan más los aspectos que nos unen que los que nos separan, que mi vista está puesta más en lo que tenemos en común que en lo que nos diferencia. Que mis grandes preguntas no suelen tener un corte cromosomático. Que antes veo al otro como a un igual que como a un rival.

Sin embargo, sea ante todo, después, por encima o por debajo, soy mujer y me siento orgullosa de serlo. Y entre ambas situaciones que os cuento he recorrido un largo camino en el que esa realidad ha estado muy presente. De formas hermosas y dolorosas.

Cuando fui a reclamar a mis padres que me educaran bajo una premisa falsa (que mi género jamás me iba a frenar, ni iba a merecer o recibir menos por él, que las oportunidades eran las mismas para todos y que lo que valía era el esfuerzo, no lo que había bajo la falda de nadie) había entrado de un patadón en la vida “adulta” y tenía un hijo que, si bien fue concebido entre dos, era básicamente criado entre una… más algunos aportes solidarios de la tropa familia-amigos que finalmente fueron los que hicieron el cuento posible, pero bueno, si hay que dar las gracias no es exactamente una labor compartida, es una labor para la cual se recibe ayuda… y la diferencia, por sutil que pueda parecer, es enorme.

La cosa es que en ese  tiempo la sensación de caminar sobre el aire, sin certezas de las que agarrarme, era permanente. La vida se abría, y yo no me sentía preparada para ello. Un festín de impotencia con cubiertos y mantel.

¿Llegaremos a sentirnos preparados para lo que tenemos delante alguna vez, de cualquier manera? Quizás cuando, de una vez por todas, nos decidamos a abrazar la confusión, la falta de absolutos, como el único absoluto posible.

Yo no os puedo hablar de lo que es ser mujer, sino de lo que ha significado para mí, de algunos de los colores y formas que han ido quedando de ese trayecto que he recorrido desde el día aquel en el que sentí la necesidad de renegar de mi condición frente a mis padres (la hubiera devuelto, de haber existido oficina de reclamaciones) y mi momento actual. Lo que sí, aunque os hable desde mí, no puedo sino reconocer -finalmente!- que la “lucha de las mujeres” sí es mi lucha, aunque sólo sea porque muchas veces me ha tocado batallar desde ese lado del frente, por más que quisiera hacerme la loca y decir “yo no tengo vela en este entierro”. Porque me ha tocado pagar mi condición de tal. Porque la he maldecido tanto como la he amado. Porque, al fin y al cabo, ni hoy ni nunca renunciaría a ella. Y si elegir pudiera, lo elegiría para la próxima existencia (de haberla, claro). Sí, ser mujer. Pese a todo lo que no brilla. Pese a lo imposible de meter en unas cuantas frases ese todo que a veces tanto ahoga…

Ser mujer es parir, donde la vida te pille, sea o no sea el momento apropiado. Con dolor, como dicen las escrituras, pero también con miedo, con retorcijones intestinales, con vergüenza, vulnerable y solitaria.

Es ser testigo, con 19 años, del deterioro del envase, de la fragilidad de la piel, de lo perenne que pueden ser algunas marcas.

Es contar cuentos sin tener ganas, e ir al parque y fingir que se persiguen mariposas cuando se piensa en pollas… Y también es pensar en mariposas y desear perseguirlas, pero con menos capacidad de elegir cuándo se hace una cosa y cuando la otra.

Es abrir las piernas más veces de las que se cierran, abrirlas forzada, sin deseo; abrirlas para el otro, para el adulto, para el médico, para el poderoso, para el que tiene una promesa que ofrecer.

Y es aprender, también, a hacerlo para mí.

Ser mujer fue en algún momento crecer mirándome las tetas en el espejo y deseando creer en un dios al que pedirle que se desarrollaran más de prisa. Fue medirme en centímetros y no en sentimientos.

Ser mujer es sentirse trascendente y después pintarse los labios de rojo. Y es saber convertir el cuerpo en masilla, tan apto para la exhibición como para el ocultamiento.

Ser mujer es darse cuenta un día de que sí, que ganas menos que tus compañeros hombres, que tú eres la estadística viviente y respirante, o lo que es otra forma de verlo, que esa estadística te ha alcanzado con sus garras y se ha quedado adherida a tus concretas carnes.

Ser mujer es cargar con los ciclos de la luna en el vientre y debatirse entre la grandeza creacional y el muy concreto coñazo que eso significa. Es aprender el arte de la renuncia oportuna cuando el deseo no calza con el momento (joda lo que joda!) y el la despreocupación cuando la oportunidad no merece ser renunciada. Y también es, de alguna manera, vivir en un  mundo de relaciones menos livianas, en el que se tiene que decidir de antemano qué peso se le da a una mera posibilidad, porque una vez que se abandona la casa sin depilar ya se ha asesinado esa posibilidad antes de que se desarrolle.

O dicho de otra manera: Ser mujer es tener que esperar muchas veces más de lo que hay. Y es tener las piernas suaves después de una noche que no salió según lo esperado, para revivir en el tacto de esas carnes lisas lo inútiles que pueden ser a veces las esperanzas.

Vale, no será la forma más profunda de terminar este post, pero seguro que más de una se siente identificada!

(Y por cierto, quiero aprovechar esta oportunidad para saludar y dedicarle este post a mi amiga Polilla, una mujer bellísima, aperrada y con un corazón de oro, ya que hoy es su cumple y la tengo muy lejitos como para darle el abrazo de oso que me gustaría…)

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