En la cama I: Inocencia

Publicado el 9 abril, 2014

“Grace is at the core of tragedy, for if there’s no height at which to drop, no pride taken in a life lived, you have nothing to lose. But once in the freefall of disgrace, the only way to change the momentum is to use it to your advantage”.

(Revenge, ABC)

castillo

Muy lejos del lujo que sugería su nombre, el Grand Castle Hotel era un viejo edificio ruinoso donde las parejas sin recursos iban a echar un polvo. Todo en él resultaba inquietante, desde sus pasillos oscuros hasta sus maderas crujientes, y más de un huésped se había ido con la sensación de que el esqueleto que soportaba el establecimiento respiraba bajo las descascaradas paredes que lo recubrían, atento a todo lo que ocurría. Como si su quietud fuese solo aparente, como si esperase algo.

Claro, también estaban las cucarachas, el moho en las paredes de los baños –compartidos cada dos habitaciones- y el frío que se colaba entre medio de las grietas en invierno. Además de otros inconvenientes que ya me habían sido advertidos por una amiga que había estado un par de veces con su novio. Pero a mí no me importaba nada. Sus puertas se me antojaban la entrada al paraíso.

Por aquel entonces mi piel aún no conocía el tacto de unas buenas sábanas, ni mi corazón había aprendido a buscar el vacío detrás de una mirada. Al contrario. Los ojos de Andrés estaban llenos de un deseo que crecía y burbujeaba como la levadura, y mi cuerpo había empezado a reconocer el efecto que producía en el suyo. Así que cuando sugirió que celebráramos su cumpleaños en el Grand Castle le dije que sí. Pese a la inquietud.

Ese día cumplía 16 años. Yo tenía uno menos. Ambos íbamos a hacer el amor por primera vez…

Y digo hacer el amor, aunque hoy la frase me resulte desagradable, porque a Andrés yo le amaba. Y él a mí, con fuerza. Tanta que me hacía ansiar la adultez, para ponerlo todo a prueba y escupirle mi triunfo a la vida, robándole antes de tiempo sus cuidados secretos. Para ser, de una vez por todas, todo lo que hubiéramos podido llegar a ser.

Pero esa es otra historia…

Nos abrió un tío que parecía sacado de una película de Tim Burton. El pelo enmarañado, los ojos saltones y una chaqueta verde limón cargada de remiendos. Apenas se permitió una leve sonrisa al vernos en la entrada (probablemente estaba más interesado en la caja que haría esa noche que en la edad de sus clientes), y tras recordarnos la hora de salida nos entregó una llave enorme y oxidada, limitándose a hacer un gesto hacia la puerta que se encontraba al final del pasillo.

Llegar hasta ella fue como caer en cámara lenta por un tobogán de paredes amables, pero cuyo trayecto no admitía retroceso. Sobre nuestras cabezas de deshacía suavemente la infancia, acudiendo al llamado de la brisa que corría hacia rumbos desconocidos fuera de los muros del hotel. A nuestros pies se abría el futuro, enorme y palpitante. Una vez dentro de la habitación tuve que coger la mano de Andrés, mareada de sensaciones.

Juegos previos no tuvimos, pero no me quejo. De cualquier manera yo estaba demasiado nerviosa como para rehuir la torpeza, pero a la vez ese mismo nerviosismo me mantenía despierta y receptiva, cargándolo todo de un erotismo que desconocía. Incluso antes de que Andrés me quitara con movimientos mansos la camiseta, ya podía sentir sus dedos en mi piel, escribiendo con sus yemas nuestra historia en mis rincones más analfabetos. “Eva”, susurró paseando su mirada de larva furiosa sobre mis pequeños pezones erectos. “Eva”. Nunca mi nombre me había parecido tan virginal y de la tierra al mismo tiempo.

Sentirlo dentro por primera vez no fue para nada doloroso, o al menos así no lo recuerdo. Sí recuerdo el calor, y –pasados los primeros minutos- la sensación de querer que se introdujera completo por esa boca poderosa que hasta entonces no sabía que tenía hambre. Cuando vio correr mis lágrimas se detuvo al instante, preocupado por estarme haciendo daño. “Son de felicidad”, recuerdo que musité, abrazándolo para invitarlo a sobrevolar conmigo nuevas cumbres extáticas.

Recuerdo también haber pensado que lo que yo hasta ese momento creía que eran besos no eran besos, en realidad eran caricias dadas con los labios al otro lado de la piel. No fue hasta esa noche que sus besos entraron en mí realmente, que él entró en mí como una realidad concreta. Esa noche fuimos dos.

No nos alcanzó para el desayuno, pero Andrés sacó de la mochila un par de bocadillos enormes que devoramos en el parque cercano a mi casa, saciando nuestra sed en la Fuente de los Querubines, bajo cuya sombra tantas veces habíamos jugado de niños. Cuando terminamos de comer –queso y tomate seco en pan de nueces, delicias a las que estábamos habituados desde que nuestros padres, también amigos de la infancia, se habían asociado con una tienda gourmet- nos tendimos sobre la hierba a disfrutar del sol de la mañana. En un momento dado Andrés se giró en mi dirección y acercó su mano hacia mi rostro. Ungida por una sensación de trascendencia, cerré los ojos, dejando que su presencia fuera sólo tacto y oscuridad. Y entonces retiró con delicadeza una miga de pan que se había quedado atrapada entre la comisura de mis labios, y se la llevó a la boca.

Últimamente esa imagen se asoma en mí con insistencia.

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