En la cama II: Felicidad acostumbrada

Felicidad acostumbrada

Ava y el sexo

pareja 2 Nos despertamos un poco antes del amanecer porque Andrés había tenido un mal sueño. Su madre volvía a abandonarlo sin darle explicación alguna, pero ésta vez él no era un niño ni su madre tenía el rostro que él aún recordaba, aunque a duras penas. Sí tenía su pelo, lacio y rubio, pero sus facciones eran las mías. Mi mirada, mi boca, mi mentón partido; atrapados en su cuerpo traicionero. Cómplices, partícipes de la gran huída.

Intenté tranquilizarlo acariciando las plantas de sus pies –no os engañéis, no existen los gustos ‘anormales’: dado que todos los tenemos, son lo más normal del mundo-, pero su relato me había dejado una sensación extraña, algo parecido a un zumbido levemente molesto y persistente. Probablemente por la manera en que me narró el sueño, con una angustia impropia de él. Como si fuera otro y viniera de lejos, como si de alguna manera…

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